Por Clelia Conde

¿Qué me impresionó de este librito pequeño, escueto e incisivo? En principio encontrar ligados dos autores admirados, que pensé sólo se relacionaban en mi interior. Auerbach, con su obra, Mímesis, representó  una idea fuerte de que esa literatura amada eran pensamientos. Pensamientos sociales, pensamientos políticos, ideas para comprender la humanidad. Hasta entonces, hasta Mímesis, la literatura era un refugio, que ni Sartre ni todos los existencialistas habían logrado extraer de un mundo que era “aparte”. Pero ese fantástico libro de Auerbach que explicaba, sin tener el descaro de explicar, solo haciendo sentir, en las obras de Shakespeare la sociedad victoriana, fue un hallazgo. Mucho tiempo después, quizá de una manera ya intelectualizada, sin la sorpresa de ese primer descubrimiento leí  con profunda gratitud a Gramsci y Benjamin.  Son, como Freud, abridores de mundos.

Esta correspondencia dice poco en palabras, pero mucho en acto. La carga emocional del nazismo en auge se hace sentir en cada palabra. Así,  se escucha un compañerismo sin estridencias en la soledad acechante del exilio, cartas que dicen la alegría de que hay otro –bajo la misma amenaza que escucha desde su lejano lugar de resistencia–.  Es por eso que el libro es mínimo, como un palpar que el otro está ahí, también, defendiendo lo que importa. En el caso de estos autores, la lengua, la literatura, el arte.

Auerbach, desde su exilio en Estambul, dice:

“Podría llenar muchas páginas con detalles, pero, se me hace cada vez más evidente que la situación del mundo actual no es más que una astucia de la providencia, que nos conduce a lo largo de una ruta sangrienta y angustiosa hacia la Internacional de la trivialidad  y a una cultura del esperanto”.

Allí, refugiado,  ve derrumbarse la lengua turca a fuerza de un empuje de depuración, y da cuenta de cómo un nacionalismo superlativo puede estar unido a la destrucción simultánea del carácter histórico de la lengua. Escribe: “La  reforma de la lengua –liberada del árabe y del persa, ha asegurado que ningún joven pueda comprender un texto religioso o literario antiguo, las fuerzas de la lengua se han derrumbado rápidamente ante el empuje de su positivación”.

El libro contiene también un epílogo de Raúl Rodriguez Freire, defensor de lo político en filología, donde trasmite cómo Auerbach y Benjamin entienden la política como un nuevo recorte de la sensibilidad que permite hacer “que sean entendidos como hablantes aquellos que antes sólo eran percibidos como animales ruidosos”.

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